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sábado, 28 de marzo de 2009

Municipios y propiedad de la tierra: La organización del territorio en la provincia de Chiclayo, siglos XIX y XX



Por: José Gómez Cumpa
Escuela Profesional de Sociología
Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo
Lambayeque, Perú
Fotografías antiguas de Chiclayo: Colección de Roberto Bolívar Plengue
En este artículo analizamos las características de la estructura de la propiedad de la tierra, destacando el proceso final de desintegración de la forma comunal de propiedad y de privatización de la tierra en los distritos de la provincia de Chiclayo, a partir de la evidencia disponible.


La provincia de Chiclayo a comienzos a del siglo XX. Se observan el sistema hidrológico, los puertos, caletas, pueblos, redes ferroviarias y haciendas, e inclusive el trazo del proyectado Ferrocarril de Ferreñafe a Jayanca.

Las características de la organización del espacio de Chiclayo en el largo plazo se explican por el proceso histórico que tiene dos ingredientes básicos: la estructura preexistente al llegar los españoles, y la implantación de instituciones y formas de organización traidas por los españoles. Así, la presencia española trae algunos conceptos nuevos: la propiedad privada, y la forma comunal o municipal de propiedad de la tierra.


De este modo, la forma comunal de propiedad tiene su origen en la implementación, sobre la base de la economía nativa, del modelo de la “Comunidad de Castilla” (ver Arguedas 1968, Hurtado 1974 y Fuenzalida 1976). En Lambayeque, al sincretizarse esta institución castellana sobre la organización del espacio preexistente en el el llamado "reino de los mochicas" (Espinoza 1975), cuyos elementos básicos de organización económica y social pervivían a la dominación incaica, se crea una forma de organización social y del territorio muy particular.

Hay que recordar además, que el proceso de implementación de las reducciones en Lambayeque estuvo asociado al de la formación del sistema de hacienda. En realidad se trataba de una organización del espacio que implicaba el asentamiento de los núcleos de población indígena en las zonas relativamente marginales de los valles del hoy departamento de Lambayeque. La peculiar estructura social y economía vigente en la sociedad mochica tiene por ello importancia en el posterior proceso histórico de la propiedad de la tierra en esta región.

Vista del Parque pincipal de Chiclayo (1920), desde el segundo piso de la actual catedral de Chiclayo. Se observa la Iglesia Matriz, la línea del tranvía, entre otros detalles

Brevemente podemos señalar que el sistema social preexistente a la llegada de los españoles tuvo algunas características que lo distinguieron del resto de etnias que formaban el Imperio Incaico. Una de ellas es la existencia de una marca de diversión del trabajo, que se hallaba en todas las actividades de la producción (Rostworowski, 1977), este alto desarrollo de la especialización se sustentaba en una considerable desarrollo de la organización de la economía, que permitía que parte de su población de dedicara a una actividad suntuaria destinada a aumentar el lujo y boato de los señores sacerdotes (Ibidem). El cronista Cieza de León nos describe a algunos miembros de la clase alta yunga que conoció:

“Estos yuncas son muy regalados y los señores viciosos y amigos de regocijos, andaban a hombros de sus vasallos; tenían muchas mujeres; eran ricos de oro y plata y piedras y ropa y ganados. En aquellos tiempos servían se con pompa con pompa; delante de ellos iban truhanes y decidores; en sus casas tenían porteros; usaban de muchas religiones” (Cieza 1967).


Aspecto inteligente de la política colonial fue el reconocer y utilizar a los curacas dentro del sistema de dominación español, por lo que aquellos conservaron muchos de sus privilegios durante gran parte de la Colonia. Esta evidencia fue punto de partida para el estudio realizado por María Rostworowski de la sociedad yunga que existiera en Lambayeque, a partir de juicios por derechos cacicales; así en una fecha tan tardía como 1679 una provisión virreinal señalaba los derechos de una cacique de Monsefú; se disponía que:

“... los indios de la Comunidad de dicho Repartimiento de Monsefú, les habían de sembrar, beneficiar y coger a sus caciques, unas chácaras y sementeras de cuatro fanegas de sembradura de maíz y dos de trigo, dándoles semillas, de comer y beber a los mencionados operarios el tiempo que se ocuparen, para la guarda de sus ganados ocho indios viejos, seis muchachos de 17 años para abajo, y últimamente, para el servicio de su casa, y el de su mujer, seis indias viejas sin sospechas, a todos los cuales a más de la comida y bebida, los habían de contribuir los dichos caziques de vestido de algodón a cada uno, con la condición de que se hubiesen de mudar de seis en seis meses, a menos que ellos de su voluntad, quisieren servir más tiempo” (Rostworowski 1961: 9 – 10).

La implementación de las nuevas instituciones españolas, por ello, al introducir una concepción de propiedad privada en realidad continuaba con la consolidación de una forma original existente en la sociedad mochica. Para apreciar esto será útil la lectura de una selección de los bienes que figuraban en el testamento de Francisco Feñcum Huerta, otorgado en Lambayeque en 1575 a 40 años de la conquista, el pachaca de la parcialidad o pachaquía Esquen dejaba los siguientes bienes:
“... Yten que tengo cuatro hasequías de mays en mis tierras.
Yten que tengo otra hasequia de mays en tierras de Ferreñafe.
Yten que tengo unas tierras que se llaman Llocchunic.
Yten que tengo unas tierras que se llaman Charrec.
Yten que tengo otro pedasp de tierra que se llaman Huasca.
Yten otras que se llaman Mocsieic.
Yten otras que se llaman Yapaicochi.
Yten otras que se llaman Tucumpayec.
Yten que tengo otras tierras que se llaman Tunisnic.
Yten otras tierras que se llaman Chuncala.
Yten otras tierras que se llaman Munasnic ynxertos árboles de guabas y y de guayabas.
Yten que tengo dos palas y una acha.
Yten que tengo una guertecilla ynxerto árboles junto a mi casa.
Yten que tengo unas pocas tierras que se llaman Tayasnic”
(Bruning 1922 – 3, fascículo I: 37 – 44.

Aparte de estas propiedades rústicas esta pachaca mochica poseía noventa ovejas de Castilla y dos yungas, además de un sinnúmero de pertenencias menudas. Indudablemente la mantención de la jerarquía social que existía antes de la conquista significó la consolidación de una forma de propiedad que probablemente ya existía antes del trauma colonial.


Vista de la antigua Iglesia Matriz de Chiclayo, a inicios del siglo XX


Por ello la implementación del sistema de reducciones, es decir, la traslación compulsiva de la población compulsiva de la población indígena para agruparla en poblados de acuerdo al modelo de los pueblos o comunidades de Castilla, asimiló estos elementos. La distribución de las tierras al incluir un sector de tierras comunales en la periferia del pueblo indio o reducción tomaba para esto las tierras marginales (ver Málaga 1974, Choy 1979 y Espinoza 1980).

Parte de la motivación para implantar la nueva organización de la población fue la de apropiarse de las tierras en posesión de la población nativa al momento de la conquista. La implementación paralela del sistema de hacienda a través de las encomiendas llegó en Lambayeque a ocupar las tierras ancestralmente en poder de las parcialidades mochicas de Lambayeque. Por ejemplo, lo que, han sido las haciendas Capote, Luya, Tumán y Pátapo (de origen colonial) corresponden a lo que fue la antigua parcialidad de Cinto; la parcialidad de Collique correspondía a lo que fueron las haciendas de Pucalá Sipán, Saltur, La Calera y Pampa Grande (Arroyo 1956: 23); estas dos parcialidades fueron reducidas en lo que hoy es la ciudad de Chiclayo (León Barandiarán 1935). Como señalaba también Enrique Bruning, notable pionero de la etnohistoria:

“La mayor parte de las tierras de los antiguos repartimientos de Chuspo, Coyque (o Collique), Sinto y Lambayeque están ahora incluidas en las haciendas de Pátapo, Tumán, Capote, Luya, San Miguel y otras; muy pequeña parte ha quedado independiente en manos de pequeños chacareros indígenas, y más, absorbidos por los latifundios, la principal razón de la disminución de la producción de comestibles, y de ahí su carestía” (Bruning 1922-3, fascículo IV: 34).

A pesar de todo este proceso, la legislación colonial permitía la existencia de tierras comunales, administradas por los cabildos, aún con el proceso de absorción de tierras por parte de las haciendas. Desde inicios de la República, sin embargo, se suprimió esta antigua legislación tutelar de las comunidades, que por añadidura perdiera su existencia legal y capacidad de poseer; la ley sólo reconocía propietarios individuales (Chevelier 1966). Un testimonio elocuente e impresionante de esto es la declaración que sobre la supervivencia de la propiedad comunal hacía Miguel Delgado en su memoria como Ministro de Hacienda en 1889.

“Bien sabido es de todos que, los terrenos denominaos ejidos o de comunidad, no tienen ya razón de existir. Estas tierras les fueron dadas a los indígenas para que cultivándolas, pudiesen pagar el tributo que sólo a ellos se les cobraba.
La existencia de estas tierras en el estado indiviso en que se encuentran, ha sido y sigue siendo, una rémora para el desarrollo y progreso de la agricultura, y causa constante de pleitos y reclamaciones.
La agricultura recibiría un gran beneficio dividiendo esas tierras entre los indígenas de la comunidad y expidiéndoles títulos de propiedad real, porque además de representar éstos una fuerte suma, que sería una capital más que se movilizaría en el país, cada individuo tendría el suyo, con qué librarse a poco costo de la usura y esclavitud de que son víctimas”
(Delgado 1889 76-7).

De este modo se fundamentaba y justificaba la privatización de los terrenos comunales, los que, se indicaba, constituían un obstáculo para el progreso de la agricultura, es decir, según la connotación usada por los civilistas y liberales de la época, de la agricultura comercial.

Por ello es que, cuando gracias al empuje del movimiento indigenista, en 1920 Leguía reconoce la existencia de las comunidades éstas habían pasado por un avanzado proceso de disolución; gran parte de las tierras comunales ya se había privatizado (ver Degregori y Golte 1973). Hay que señalar también que el régimen redistributivo andino (cuyo sustento básico era la reciprocidad, segun John V. Murra) no tuvo la importancia básica que sí tuvo en otras regiones andinas. En Lambayeque, por su peculiar ecología, el sistema económico se basaba en el control hidrológico administrativo del valle y la especialización de las comunidades o parcialidades de base centralizadas a través del mecanismo del comercio (Kosok 1959; Rostworowski 1977). Esto indudablemente influyó en que en 1928 –aún después de un largo proceso de liquidación y desintegración comunal – se percibía la diferente importancia que tenía el régimen de comunidades en el Perú; así en el departamento de Lambayeque sólo había el 0.32% de comunidades del Perú, y los departamentos del norte en su conjunto sólo representaba un reducido 12.23% frente al 73.24% de los departamento del sur (Solís 1928: 233).

Otro elemento destacable es que la temprana presencia en los valles de Lambayeque (especialmente Lambayeque y Zaña) de una dinámica economía mercantil agraria (Cf. Ramírez-Horton 1978) y dada la limitada oferta de tierras libres, influyó en la creación de un mercado de tierras en las que participaron tierras comunales, por ejemplo para el siglo XVII Susan Ramírez encuentra un testimonio de venta de tierras de la comunidad de Monsefú al propietario de la hacienda Pomalca, capitán Martín Núñez de Arce (ibid, 324), en plena época de expansión de la producción azucarera en esa hacienda y en el valle.


De tal modo, en el siglo XIX los terrenos habían quedado reducidos a tierras erizas y pastizales, por la subdivisión de las tierras cacicales (por herencia), como por privatización de las escasas tierras comunales de buena calidad, lo que trajo la creación de pequeña propiedad indígena. Así, a mediados del siglo XIX ya la mayoría de las tierras se habían privatizado, por su incorporación a las haciendas o por la fragmentación en pequeñas tierras o parcelas campesinas.

El resultado fue una compleja estructura agraria formada básicamente por tres elementos: pequeña propiedad, la forma comunal de propiedad y las haciendas. Definiendo muy rápidamente estas tres formas de propiedad, señalaremos que con la pequeña propiedad queremos identificar la economía campesina parcelaria independiente, que producía básicamente en forma autosubsistente (sin excluir relaciones mercantiles eventuales o permanentes, pero con escasa o nula acumulación), en este caso se trataba de parcelas ubicadas en lo que fueron antiguas reducciones.

Por forma comunal designamos el rezago de las antiguas comunidades instaladas por la administración colonial como parte del ejido de las reducciones o pueblos indios; en el último tercio del siglo XIX, como veremos, estaban circunscritos a pastizales reducidos o latifundios improductivos, en tierras marginales del sistema de irrigación. Genéricamente denominamos haciendas a las grandes propiedades con distinto desarrollo de las fuerzas productivas y relaciones de producción que tenían sin embargo la característica general de ser de gran extensión, al punto de ser una unidad poblaciones con una masa de campesinos dependientes y/o trabajadores asalariados. Para mayor claridad, en el siguiente cuadro se puede apreciar la disparidad de los pesos específicos de cada una de estas formas de propiedad en el valle de Lambayeque y Zaña en el último tercio del siglo XIX.



Hay que aclarar que hemos preferido esta forma de presentar la información a un manejo cuantitativo estrito, ya que las disparidades de las fuentes podría provocar distorsiones. Es virtual la inexistencia de tierras comunales en Picci, Chogoyape, Monsefú y Eten, mientras que en Chiclayo (distrito) había desaparecido completamente como se puede apreciar en el siguiente cuadro, que traza un inventario de las propiedades comunales de los distritos de Chiclayo.




Ahora bien, es suficiente señalar el carácter comunal de la propiedad de los fundos rústicos señalados. Importa también la forma de posesión o conducción en que se hallaban para así detectar cuál era y cuáles habían sido los mecanismos de apropiación privado de las propiedades comunales.

Los dos grandes latifundios todavía sujetos en 1873 a propiedad comunal eran Chacupe en Reque y Mocupe del distrito de Lagunas, con 350 y 250 fanegas de terreno, respectivamente. Según el informe del subprefecto de Chiclayo se arrendaban periódicamente en forma íntegra para ser subarrendados a pequeños agricultores, quienes a su vez pagaban una renta anual o “terrazgo”. Según la descripción del José M. Arbulú, Chacupe contaba de:

“... 350 fanegas de terrenos, pertenecientes a la comunidad del distrito, las cuales son rematadas en subasta pública todos los años cada vez que vence el período de 5 años, tiempo que dura cada subasta; y son subarrendados a un gran número de vecinos de Monsefú, y los de este distrito teniendo cada uno de ellos desde 2 hasta 10 fanegas de terreno de cultivo que se hacen comúnmente de alfalfa, gramalote, maíz y panllevar. Los alfalfares, gramalotes sembrados en toda su extensión, son dedicados a la cría de diferentes ganados, y no se puede estimar el gasto que originan cada fanegada para su sembrío, por sus cultivadores, no tienen conocimiento ni tienen razón alguna de para ello, calculándose el número, que en toda el área hay de animales para la ceba, no pase de 600 a 800 de diferentes especies , siendo casi en todo su mayor parte el de ganado vacuno” (Arbulú 1874: 342).

A lo largo de su historia esta propiedad comunal sufrió una serie de disputas por su posesión. Las partes interesadas eran, aparte del Concejo de Reque, como propietario, vecinos de Monsefú que generalmente fungían de arrendatarios (o subarrendatarios) de pequeñas parcelas, y el rematista o arrendatario que adquiría el derecho de posesión cada cinco años en subasta pública. Una importante institución que había entrado en juego era la Iglesia al apropiarse paulatinamente de tierras a través del mecanismo de donaciones, hasta constituir los llamados “Montes de la Iglesia”.

La presencia constante de los subarrendatarios por un largo período fue seguramente un mecanismo que al asentar al campesino creó una forma de apropiación privada de la tierra. Desde los años setenta del siglo pasado ya se observaba intentos de privatización de las tierras comunales de Chacupe desde los campesinos colonos. En un reclamo de nulidad del arrendamiento efectuado por el Consejo de Reque en favor de Pedro Pablo Bullón señalaban que:

“... el Concejo Municipal de Monsefú ha sufrido una gravísima equivocación, al estimar de su competencia reclamar del arrendamiento de los terrenos de Chacupe hecho a Don Pedro Pablo Bullón. Los intereses que se ventilan en este asunto no son ni pueden ser bajo ningún aspecto comunales (...) es decir, pertenecen a cada uno de ellos que siembran en los terrenos de Chacupe. Darle pues el carácter de comunal sería desnaturalizar y sentar el pésimo precedente de que todo Concejo Municipal tendría derecho y personería suficiente para defender cuestiones de un individuo con tal que pertenezca al municipio y su contendor fuera el otro Concejo...” (ACPCh, II, T4, Ps. 112-4).

A pesar de estas inquietudes privatizantes de las parcelas campesinas formaban parte el latifundio comunal de Chacupe, se siguió subastando periódicamente ya que constituía la única renta importante del Consejo. Además, el arrendatario era generalmente un contribuyente importante cuyas influencias eran consideradas en cualquier decisión edil. Este extenso latifundio, que contaba con 3,900 hectáreas según un testimonio de 1921 (Bachmann 1921: 153), se mantuvo bajo el mismo sistema de arriendo y subarriendo hasta muy avanzando el siglo XX.

Hacia 1920 el arrendatario era el señor Pedro Baca quien subarrendaba pequeña parcelas a campesinos “colonos” de Chiclayo y Monsefú. Estos campesinos colonos o yanaconas pagaban una renta en dinero al arrendatario-administrador, transfiriendo de esta forma el excedente generado en su producción agrícola de arroz y maíz, al tiempo que mantenían su producción de subsistencia con sus sembríos de hortalizas. Se trataba ya de un sector campesino que, aunque dependiente, mantenía vinculaciones estrechas con el mercado regional, por ejemplo, de señalaba que producía anualmente un millón de kilos de de arroz en cáscara que se procesaba en los molinos de Chiclayo, además de una importante producción de maíz que se vendía en los mercados de Chiclayo y Monsefú (Idem).

Chacupe era en realidad el último predio importante que quedaba como propiedad comunal de Reque después de haber sufrido un proceso de aprobación por la iglesia (Monte Grande) y, por las plantaciones azucareras Tumán y Pomalca (los fundos Samán, San Luis y parte de Chacupe). Ya en los finales del siglo XX, el proceso de privatización ha culminado en la constitución de una cooperativa agraria de producción, la CAP San Martín, formada por el antiguo Chacupe junto con “Montes de la Iglesia”, predio antiguamente de propiedad comunal, pero que figuraba en 1874 como administrado por el párroco, quien usaba sus rentas para su manutención (para una historia resumida y esquemática de la comunidad de Reque, ver CEAR 1979 y CEAR 1980).

Hoy (2009) todos esos terrenos han sido primero parcelados como resultado del proceso general de desactivación del proceso de reforma agraria que se dio en los años 1980, y ahora son parte del hinterland urbano de la ciudad de Chiclayo.

El otro predio extenso de propiedad comunal era Mocupe, el que, según una descripción del siglo pasado, tenía características similares a Chacupe:

“... consta de 250 fanegas de terreno, cuya mayor parte son algarrobales, siendo en la actualidad el arrendatario don Miguel Chancafe y subarrendatarios de éste, otros vecinos del distrito, habiéndose cultivado en ellas unos pocos pedazos de tierra, con diferentes granos, todos casi para el consumo particular” (Arbulú 1874: 346).

Doce años después era arrendado por el propietario de la vecina hacienda Ucupe, ubicada también en el valle Zaña, quien también la subarrendaba, parcialmente, a pequeños agricultores de Lagunas y empleaba el resto (pastizales) para cría y mantenimiento de ganado, reduciendo así los costos de Ucupe, hacienda arrocera y cañera.

Posteriormente, a partir de la inundación del antiguo pueblo y campiña de Lagunas en 1901 se reubicó la población en el latifundio de Mocupe, de tal forma que hacia la década del veinte un observador señalaba que existían sólo 30 ó 40 casuchas con unos sesenta habitantes que cultivaban unas cien hectáreas, mientras que paralelamente se había formado una nueva población en Mocupe en la que habia unos doscientos habitantes que se dedicaban al cultivo del arroz y maíz extensión de 240 hectáreas.

Esta población además de la agricultura tenía como ocupación el tejido de sombreros de junco que se exportaban a chile (Bachmann 1921 : 293) y eran arrendatarios directos de la Municipalidad. Esta relación se mantuvo hasta 1969 en que por la reforma agraria se les adjudicó las parcelas a sus posesionarios, que habían ido, desde comienzos de siglo, fijándose a la tierra. Podría hablarse en este caso de una vía campesina de desintegración de la propiedad comunal, en la que, como otras haciendas contemporáneas, se desarrollaban relaciones de producción feudales desde el siglo pasado. Esta relación feudal consistía en una forma de dependencia que s expresaba en el pago en dinero de un canon denominado “terrazgo” –similar a la renta en dinero del mismo nombre que se pagaba en las haciendas- de “agricultura mixta” que estudiaremos más adelante.


Vista de parte del parque de Chiclayo, con el tranvía pasando por la actual calle Elías Aguirre, comienzos del siglo XX


Lo anteriormente indicado se puede documentar en un expediente que presentaba el alcalde de Lagunas al Consejo Provincial según el cual pedía se notificara al arrendatario Manuel Arteaga para que se abstuviera de cobrar los terrazgos (renta de la tierra) del año 1881 por no corresponderle. El dictamen que recayó sobre este asunto, redactado por Isidro E. Ruiz, Werner Gorbitz y Belisario Barnuevo y aprobado el 23 de marzo de 1893 en sesión del Consejo, señalaba que el conductor de Mocupe tenía derecho:

“....para cobrar a los subarrendatarios que allí existen, tanto los pastos de sus animales como los terrazgos de las sementeras que cosechan, a partir...(del 01 de enero en que empezó la vigencia del contrato de arrendamiento. Además..... /n.s.)... tienen derecho para subarrendar parcialmente esos terrenos, aceptar a los subarrendatarios que quiera y celebrar con ellos los contratos en que convengan, pudiendo despedir a los que no sean de su agrado por entrar todo esto en el uso de dichos terrenos como conductor le concede el contrato celebrado con el H. Concejo Provincial; y que por tanto no está obligado a arrendarle forzosamente a nadie sean a no vecinos de Lagunas” (ACPCh, IIB16, fs. 103-5).

Como hemos visto anteriormente, en este caso la evolución posterior significó la disolución de esta propiedad comunal a través de la consolidación de las parcelas campesinas.

Ahora bien, a nivel de estos valles, Chacupe y Mocupe fueron las más importantes posesiones comunales que tuvieron la explicación de su supervivencia por su relativa marginalidad por su relativa marginalidad de su sistema de riego, lo que les restaba valor en forma considerable hasta principios de siglo. No ocurrió de igual modo con las posesiones comunales de otro pueblo, Zaña, que sufrió en forma temprana un intenso proceso de privatización de sus tierras comunales por parte de las haciendas vecinas, especialmente la plantación azucarera Cayaltí.

Así, entre otros métodos de apropiación de estas tierras comunales, se sabe que el pago de deudas del estado por servicios prestados fue uno de ellos; de este modo es que los fundos Potrero, San Nicolás y Sipán, propiedad de la Municipalidad de Zaña, pasaron a ser (noviembre 1828) del general de brigada José María Plaza” en pago de la deuda contraída por el estado”; otro caso es el fundo salitral que pasó a poder de José Manuel Rodríguez, con 144 hectáreas. Posteriormente, por un sinuoso pero constante proceso de absorción, todas estas nuevas haciendas formaron parte de una gigantesca plantación del valle Zaña: Cayaltí (Graciela Vera y Socorro Vargas estudian este proceso, ver Vargas y Vera 1980).

Como consecuencia de este largo proceso de privatización y absorción de propiedad fundiaria, hacia el último tercio del siglo pasado Zaña conservaba sólo dos propiedades rústicas: la Pampilla y Guabal que sumaban 29 fanegadas. Estas tierras también sufrieron un proceso de privatización similar al caso de Mocupe, ocurriendo incluso un proceso de diferenciación interna del campesinado arrendatario de estas tierras comunales, que se consolidaría definitivamente a partir de la reforma agraria de 1921, la que previa calificación, adjudicó las parcelas a sus posesionarios.

Otro caso, diferente por su temprana liquidación de las tierras comunales es el de Picsi, antiguo asentamiento de la parcialidad Mochica de Cinto. Como observaba certeramente Carlos Bachmann en 1921, el pueblo de Picsi:

“....no tiene más importancia que la de comprender grandes haciendas, pues el pueblo no merece el nombre de tal, por reducirse a unos cuantos ranchos dispersos, donde viven hasta 150 personas, que es lo más que tendrá esa desaseada, incómoda y triste ranchería” (Bachmann 1921: 292).

Como se puede observar, dentro de la tendencia general de privatización de la propiedad comunal de los diversos distritos se dieron formas o vías peculiares. Este proceso no fue exclusivo de los distritos de la provincia de Chiclayo, donde por su temprana integración al circuito mercantil se dio desde las épocas coloniales un rápido proceso de privatización. Por ejemplo, en zonas como Ferreñafe hubo una aceleración de este fenómeno desde mediados del siglo XIX y comienzos del presente, como señalaba Demetrio Plaza en 1929,

“.....los municipios desde mediados de la era republicana al año 1895, y hasta el 1990 ilegalmente donaron o vendieron las tierras comunales del pueblo: funestos errores de componendas pasadas que nos han legado como herencia la bancarrota y la ruina de los intereses públicos (......). El problema de la tierra de ayer continúa (....), es el mismo problema de hoy, problema de conquistas y de absorciones, crecido y complicado con el problema de los arrendamientos, con el problema de los desalojos, con el problema de los campesinos, con e problema de los braseros, legítimos descendientes de los dueños de la tierra de ayer....." (APL, “Exposición de Demetrio Plaza en la sesión del Concejo Municipal de ferreñafe”, 24 de septiembre de 1929).

Esta tendencia a la privatización de la propiedad de las tierras comunales al parecer tuvo su apogeo en siglo XX. En la extensa comunidad campesina de Mórrope, por ejemplo, debido a su situación marginal del sistema hidrológico del Valle la Leche, en la Provincia de Lambayeque, supervivió a la colonia y república con sólo una hacienda (Sasape) de propiedad privada. Por los años veinte del siglo pasado, esta propiedad agrícola ya era objeto de apropiación, como denunciaban en septiembre de 1925 los comuneros en comunicación dirigida al prefecto de Lambayeque; añadían que el alcalde Tomás Vidaurre se encontraba repartiendo tierras de la comunidad entre él y sus favorecidos, no teniendo legalmente injerencia ni personería para ello. Mórrope abarcaba 27 kilómetros de largo por 16 de ancho de los que, a pesar de su feracidad, se aprovechaba poquísima extensión de terrenos por la aguda escasez de agua (APL, Of. De documentos de comunidad de Mórrope al prefecto, 22 IX 1925), lo que explica el tardío proceso de apropiación privada de la tierra. .

Mórrope, que fue una reducción colonial, creada en la visita del oidor Gregorio Gonzales de Cuenca en los años 1540, carecía desde por lo menos el siglo XIX de bienes rústicos comunales o ejidales. Influyó en esta temprana privatización de los terrenos ejidales el hecho de ser la periferia de una populosa urbe como es la ciudad de Chiclayo, que ya desde los años sesenta del siglo pasado contaba con 10,000 habitantes (Backus 1867). Mórrope abastecía a Chiclayo de productos alimenticios lo que aceleró el proceso de apropiación privada de la tierra al punto de que por los años sesenta del siglo pasado se calculaba que en Mórrope eran 3, 500 las parcelas campesinas que se dedicaban, por entonces, a la producción de panllevar, maíz y caña de azúcar para la elaboración de miel (insumo de la chicha, bebida de amplio consumo popular).

Algo similar ocurría con los distritos de Monsefú y Eten, en los que las propiedades comunales no tenían prácticamente importancia económica. También por la alta tasa demográfica en estos pueblos y por la escasez de tierras, desde muy temprano se dio una amplia fragmentación de la tierra. Hacia el último tercio del siglo pasado la pequeña propiedad, muy diferenciada, cubría todo el espacio agrícola de estos distritos, por lo que se les podría denominar como netamente campesinos.


Fuentes y bibliografía




Chiclayo, 29 de marzo 2009

lunes, 9 de febrero de 2009

La provincia de Chiclayo en el siglo XVIII


Por: José Gómez Cumpa
Director Escuela Profesional de Sociología
UNPRG - Lambayeque, Perú

La provincia de Chiclayo es un espacio social que tiene una larga historia. Vale la pena recordarla, ya que su configuración actual es resultado de todo un proceso de larga duración. Este proceso viene desde la antigua ocupación prehispánica, con su propia racionalidad, pasando por la ocupación colonial. Sería iluso pensar que se puede planificar el futuro con sólo la información de nuestra realidad actual. Por ello consideramos también importante, junto con los diagnósticos y talleres que venimos ejecutando a lo largo de nuestra provincia, analizar qué sucedió en la historia , como inquiriría Gordon Childe.
Un hito importante en el pensamiento moderno sobre nuestra configuración del espacio es la célebre Visita del obispo de Trujillo Baltazar Jaime Martínez Compañón (cuyo retrato vemos al costado), realizada en el segundo tercio del siglo XVIII a t
odo el norte peruano, entonces jurisdicción del Obispado de Trujillo (incluía además de Lambayeque, los actuales departamentos de Tumbes, Piura, Cajamarca, Amazonas y San Martín).


El documento de la visita se conserva en el Archivo Episcopal de Chiclayo (las visitas coloniales, en este caso eclesiástica, tenían por objeto comprobar la actuación de ciertos funcionarios, eran actos administrativos de diagnóstico que se hacían en las sedes mismas de las instituciones, en este caso, en el ámbito de todo el obispado de Trujillo: todo el norte del Perú). Nuestro reconocimiento póstumo al R.P. Ramiro Fernández (ya fallecido), quien siendo Vicario de la Diócesis, permitió nuestro acceso a ese valioso repositorio documental e hizo posible este trabajo.

El testimonio de la visita de Baltazar Jaime Martínez Compañón, Obispo de Trujillo, a Chiclayo se halla en el Libro de Partidas de Bautismos de Indios del Pueblo de Chiclayo. El libro empieza a correr desde el 1ero de Enero de 1783 y es el más antiguo que se conserva en el Archivo de la Diócesis. La visita se halla entre los folios 15v y 37 del referido libro, haciendo un total de 21 folios escritos con la menuda letra del secretario del Obispo Martínez Compañón. Don Pedro de Echevarria. Este documento está formado por 58 capítulos o disposiciones de carácter eclesiástico, administrativo y moral resultado, de la evoluación hecha por el Obispo sobre el estado de la Parroquia. En los últimos folios hay algunas otras disposiciones de tipo ritual, vinculadas con la catequización de la población de Chiclayo, e incluso en relación con la vivienda, que implicaban aspectos urbanísticos. Uno de los propósitos de la visita era evaluar el estado de altares, ornamentos, vasos y vestiduras sagradas, así como todo lo concerniente a la situación interior y exterior de dicha iglesia. Pero sobre todo lo que respecta "al estado actual de las costumbres de dicho pueblo en todos sus respectos”.


Chiclayo y la provincia de Saña a fines del siglo XVIII

Saña o Lambayeque era el nombre que tenía el territorio que hoy llamamos departamento de Lambayeque, en el siglo XVIII. En ese entonces el modesto pueblo indígena de Chiclayo no era el más importante a nivel de la provincia de Saña, la que abarcaba desde San Pedro de Lloc, en el valle de Jequetepeque, hasta Jayanca al norte del valle de la Leche. En el mapa de la provicnia de Saña, elaborado por el equipo de la Visita de Martínez Compañón, vemos la imagen que se tenía del ordenamiento espacial en ese entonces. Primer rasgo: la orientación al océano, dada la naturaleza mercantil del sistema colonial; se destacan los puertos: la caleta de Lambayeque (luego llamada en el siglo XIX San José), el Puerto Nuevo (ahora denominado Pimentel), el denominado Puerto de Santa Rosa, y finalmente Pacasmayo, y más al sur, Malabrigo, ya en el valle de Chicama. No existía el puerto de Eten, recién creado a fines del siglo XIX en la época de la expansión portuaria y ferroviaria asociada al auge del azúcar y el comercio exterior que representó también el ascenso de la ciudad de Chiclayo como eje comercial y político.

Otra característica que se observa en este mapa de la provincia de Saña o Lambayeque: la existencia de una villa española, Saña, articulando los otros dos elementos de la configuración espacial: varios pequeños pueblos o reducciones indígenas, y las haciendas y estancias que alternaban el paisaje de este desierto atravesado por los cuatro ríos que configuraban el gran complejo hidrológico de Lambayeque: La Leche, Lambayeque, Saña y Jequetepeque.
Con 6,181 habitantes de diferentes castas, el pueblo de Chiclayo ocupaba el segundo lugar en población después de la enorme ciudad de Lambayeque, la que con sus cuatro ramadas o parroquias de Santa Lucia, San Pedro, Santa Catalina y San Roque totalizaba una población de 12,024 habitantes.

Como se ve en el cuadro adjunto, elaborado con los datos recogidos por el Obispo Baltazar Jaime Martínez de Compañón en su visita realizada en 1784, el pueblo de Chiclayo se diferenciaba notablemente de la decadente ciudad de Saña que de su antigua opulencia del siglo XVI, se había visto reducida a solo 582 pobladores (ver arriba el plano de la villa de Saña). El único pueblo de la provincia de Saña con una población cercana, aunque menor, era Ferreñafe, con 4,438 pobladores.
A pesar de la diferencia de volumen se nota una composición étnica semejante en los pueblos de Chiclayo, Lambayeque y Ferreñafe; una amplia predominancia de la población indígena y en segundo lugar, de mixtos (o mestizos), y pardos. En Chiclayo no se observa presencia de población negra, sino de los llamados “pardos” (eufemismo por mulatos).

Por el contrario en Lambayeque la población negra esclava era muy significativa, lo que se explica por la importancia social y económica de este pueblo, como centro local del poder colonial, y residencia de los poderes más importantes (ver adjunto el plano del pueblo de Lambayeque). Ello a pesar de su origen como pueblo indígena, por una serie de avatares que tuvieron como consecuncia la ruina de Saña por sucesivas inundaciones que destruyeron este centro del poder colonial en esta provincia.

Es interesante notar como Saña quedó reducida a sólo 582 habitantes, principalmente mulatos, sin población indígena y con una reducida cantidad de población española. El visitador Juan Ignacio Gorrichátegui nos da una visión deprimente de este pueblo cuando lo visita en 1777, unos años antes, halló a la antaño próspera Saña con una pobreza grande y casi increíble a lo que exteriormente se videnciaba por su arquitectura, muy de ciudad española y sede regional del estado colonial.

El pueblo de Chiclayo, mientras tanto, contrastaba fuertemente con la decadente Saña. Sus tres parcialidades de Sinto, Cilloque y Forasteros, las que conformaban el común de Indios de Chiclayo, gozaban del usufructo de extensas áreas comunales alrededor del pueblo de Chiclayo, con acceso al riego de las acequias del río Lambayeque. Mientras en Lambayeque existía un volumen mayor de población española (lo que se expresaba en un Colegio y Seminario edificado desde 1731, ver plano adjunto), así como de mestizos y mulatos, el pueblo de Chiclayo tenía una clara hegemonia de población indígena. Durante la visita de Obispo Martínez Compañón los procuradores de las parcialidades de Chiclayo eran: por Sinto, Bernabe Bonifacio, por Collique era José Limo y por los forasteros Bernardo Tinsec. Los pueblos de Picci y San Miguel eran anexos a la Doctrina de Chiclayo y tenían por personeros a Juan Mio y Pasqual Ñangos.
Baltazar Jaime Martínez Compañón en Chiclayo

El ilustrado religioso Martínez Compañón electo Obispo de Trujillo el 25 de Febrero de 1778, tomó posesión de su cargo el 13 de Mayo de 1779, después de ser consagrado en el cargo por el Arzobispo de Lima el 25 de marzo, en su casa de Miraflores (Lima). Conociendo la gran necesidad que había de visitar su Diócesis Martínez Compañón dio inicio a esta tarea el 09 de Abril de 1780, iniciándola por la Iglesia Catedral de Trujillo. Hasta febrero de 1781 termina de visitar las parroquias y el Seminario de la Ciudad de Trujilo, iniciándose la visita eclesiástica de los curatos de su jurisdicción. A mediados de 1782 se hallaba en Cajamarca de donde pasó a Moyobamba, por la ruta de Chachapoyas, a la que también visitó; recorre así las lejanas provincias de los Motilones, Lamas, Chillaos y Jaén de Bracamoros, hacia el Norte, llegando a Huancabamba en febrero de 1783.
Continúa por Piura llegando por último a la ciudad de Lambayeque, a los pueblos de Chiclayo, Ferreñafe y parroquias vecinas.
Llega así el ilustre prelado el 7 de Junio de 1784, tal como se registra en el auto de la Visita que se conserva en el Archivo Episcopal de Chiclayo.

El pueblo de Chiclayo en la época del Obispo Martínez Compañón

Como consecuencia de esta verdadero y rigurosa inspección de la labor eclesiástica que incluía recojo de información sobre el numero de feligreses, condiciones de vida, usos, costumbres, se toma una serie de disposiciones a ser observadas por el cura propio de la Iglesia, R.P.Fray Antonio de Muchotrigo. Éste debía tener en cuenta estas instrucciones -0 “capítulos” en la terminología eclesiástica para el mejor gobierno moral y religioso de su parroquia.
Digamos de paso que Fray Antonio de Muchotrigo quedó libre de todo cargo de visita declarándosele expresamente como "celoso, vigilante y fiel en el cumplimiento de sus obligaciones pastorales". Parte de la visita era la averiguación pública o secreta de las acciones del Cura doctrinero, para controlar su buen desenvolvimiento tanto moral como en todo orden en sus actividades públicas y privadas.

A través de la lectura de los "capítulos" podemos vislumbrar aspectos importantes de la condición social de Chiclayo en la época de la Visita del Ilustrísimo Monseñor Baltazar Jaime Martínez de Compañón. Algo destacable es el afán modernizados de este ilustrado Obispo, lo que se evidencia en las disposiciones - que se repiten en todos los pueblos que visitó-vinculados con la erección de escuelas de primeras letras, así como en resolver aspectos de la vida cotidiana tales como los de vivienda, dotacion de mujeres casaderas, etc.
En las visitas de Ferreñafe, Lambayeque y demás pueblos el tono de las recomendaciones es similar: La Iglesia asume su papel de ordenador de la vida social a través del arreglo de disposiciones morales y en el plano educativo.
Entre las disposiciones de interés urbano en esta visita, el Obispo Martínez de Compañón, encarga en el primer capitulo que el cura de Chiclayo procure que los padres de familia ejecuten la propuesta que les hiciera el mismo Obispo de construir dos alcobas, “…la una para dormitorio de sus hijos varones, y la otra de sus hijas de 4 años en adelante afín de que desde dicha edad duerman separados de sus padres y los unos de los otros entre si como pide la honestidad y el decoro”. Lo cual evidencia cierta precariedad en las viviendas indígenas en la época, de la cual no tenemos mayores detalles.
Otra medida de contenido social que Martínez de Compañón incluye en otro capitulo, y para cuyo cumplimiento comprometió a los indios del común de las tres parcialidades es la de aportar anualmente con cuatro y medio resales por intermedio de los curas para el pago del maestro de las primeras letras así como “para las dos casas de educación de cholos y cholas” que se construirían en Trujillo por iniciativa de nuestro Ilustrado Obispo. Del mismo fondo saldrían recursos para dotar a las “cholas solteras de Chiclayo” y para el sorteo de algunos bueyes entre los casados y viudos del pueblo. De acuerdo a las costumbres de la época la novia casadera debía aportar al matrimonio una dote, cuya carencia por pobreza dificultaba o imposibilitaba en el matrimonio, importante institución mas aun en aquella época en que la Iglesia sancionaba la convivencia, promoviendo el matrimonio.
En el archivo arzobispal de Trujillo existen muchos expedientes del siglo XVII y XVIII en que se procesan por el Tribunal eclesiástico a parejas que convivían sin haberse casado, resultando generalmente expulsadas fuera de la parroquia y prohibiendo su retorno, so pena de graves sanciones. De este modo las dotes de las “solteras” contribuían a resolver un problema en que incurrían, a veces involuntariamente, familias indígenas.

El sorteo de bueyes adquiridos por fondo común, permitía que algunos agricultores indígenas sin mayores recursos adquieran bueyes para labores agrícolas.
En fin, el interés de la visita de Martínez de Compañon es múltiple: No nos extendemos por ejemplo en el interés demográfico de sus capítulos. Pero uno de los aspectos evidentes en toda la visita es su impulso del ordenamiento urbano, uno de los resultados más interesantes de esta visita, pródiga en creación de pueblos y escuelas.
Nota: Las imágenes de este artículo son acuarelas incluidas en Trujillo del Peru, 8 tomos de acuarelas mandadas hacer por el obispo de Trujillo Martínez Compañon, se encuentran en la colección Manuscritos de América en las colecciones reales, publicadas hace unos años (Compañón, Baltasar Jaime Trujillo del Perú; Documentos de ..., relativos a su obispado y visita pastoral al mismo. Agencia Española de Cooperación Internacional Ediciones de Cultura Hispánica, 1985 – 1998, 8 tomos y 2 apéndices) y recientemente en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (http://www.cervantesvirtual.com/)

miércoles, 4 de febrero de 2009

Chiclayo en el Siglo XXI: Del caos a la gobernabilidad



Por:
José Gómez Cumpa
Director, Escuela Profesional de Sociología
UNPRG - Lambayeque, Perú









Cruz de la tierra en mi pecho,
flor que retorna a su tallo,
derecho rayo ¡derecho!
Chiclayo,
¡siempre Chiclayo!

Juan José Lora

(fracción de un poema dedicado a Chiclayo, 1962)

Nuestra ciudad en la actualidad (febrero 2009) es un ejemplo vivo de una ciudad intermedia que ha crecido en forma inorgánica incorporando una lista de males sociales que derivan de la falta de gobernabilidad y liderazgo (visión, compromiso, responsabilidad, motivación) en su conducción.

Sin embargo, estamos en un momento crucial de nuestra historia. La circunstancia especial consiste en que tenemos la posibilidad de participar en decidir cómo será Chiclayo en el futuro. Y ello es posible por el proceso en marcha de planificación urbana que se ha emprendido, bajo la conducción formal de la municipalidad provincial, pero con la participación de los actores sociales e institucionales que sufrimos y gozamos en nuestra desordenada urbe.

En efecto, desde hace medio año, con el liderazgo de la gerencia de urbanismo de la Municipalidad Provincial de Chiclayo (arquitectos Jorge Incháustegui, Genny Guado, Carlos Paredes), con la participación de las escuelas profesionales de Sociología (Dr. José Gómez Cumpa) y Arquitectura (arquitecto Alberto Risco) de la Universidad Pedro Ruiz Gallo; Universidad Señor de Sipán (Escuela de Arquitectura, con los arquitectos Federico Couto y Tania Guzmán), un representante del ministerio de Vivienda (arquitecto Fabio Mendoza) y algunas otras entidades como INICAM, inclusive el gobierno regional, viene haciendo los estudios para la formulación del Plan de Acondicionamiento Territorial y el Plan de Desarrollo Urbano Ambiental de la provincia de Chiclayo. Es de destacar que el equipo base del proyecto está formado por los veinte mejores alumnos de los últimos ciclos de las escuelas profesionales de Sociología, Ciencias de la Comunicación y Arquitectura de la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo, todos los cuales, junto con sus profesores, hacen un entusiasta y valioso trabajo ad-honorem.

Es realmente una oportunidad privilegiada la que tenemos todos los ciudadanos de aportar en el desarrollo de propuestas para nuestro desarrollo como ciudad, dados los enormes desafíos que la globalización, la internacionalización y las exigencias de competitividad que suponen.

El enfoque propuesto es prospectivo y participativo. Lo cual genera una enorme dificultad, especialmente esta última característica, fundamental en la moderna metodología de gestión urbana y regional. El problema estriba en que quienes debían naturalmente liderar todo este proceso (alcaldes, regidores, básicamente) no participan (¿por simple ignorancia?). Asunto realmente complejo, pero en todos los talleres que se han realizado, los pocos alcaldes y regidores que asisten, lo hacen mayormente sólo en el acto inaugural (literalmente "para la fotografía": después de las fotos y las eventuales entrevistas de la prensa, fugan).

Eso no cuestiona los enfoques participativos, metodológica y políticamente correctos, dada la mayor calidad de los resultados, y los compromisos que se generan para la sostenibilidad de los procesos asumidos. Pero nos hace ver lo precario de nuestra democracia, en la que se eluden responsabilidades y no se asumen los retos que representa el tener capacidad de decisión sobre cómo debe ser el entorno en el cual vivimos y vivirán nuestros hijos, dejando atrás la improvisación y el desordenado caos en el cual estamos mal habituados a vivir en las últimas décadas.

Para un trabajo sistemático, y en la lógica que impone la misma organización socioeconómica del espacio de la provincia, se ha definido cuatro ejes o espacios territoriales de la provincia: Eje mochica, formado por Ciudad Eten, Puerto Eten, Monsefú, Reque, Pimentel, Santa Rosa y San José. El Eje azucarero, por los distritos de Picci, Pomalca, Tumán, Pátapo, Pucalá y Chongoyape. El eje Zaña, con Lagunas, Zaña, Cayaltí, Oyotún y Nueva Arica. Y el Eje metropolitano, formado por los distritos de Chiclayo, José Leonardo Ortiz y la Victoria.

Como parte del proceso, se han realizado varios talleres de diagnóstico en todos estos ejes espaciales de la provincia; pero incluso los realizados en el mismo eje metropolitano han tenido escasa participación de autoridades edilicias, así como de las llamadas "fuerzas vivas", al parecer interesadas en la continuidad de la gestión desordenada y acostumbradas a la precariedad de la seguridad e higiene que se vive en nuestra querida provincia.

Ello nos hace ver la necesidad de profundizar y extender el proceso de difusión sobre este proceso de planificación (toma de decisiones estratégicas y trascendentes a futuro) que está en su fase inicial.

Esperamos que este blog aporte algo en esa dirección. Así, el colectivo que está participando en el proceso, que articula representantes públicos, privados y de la sociedad civil, tienen un canal de expresión abierto a la discusión de análisis, propuestas y alternativas en beneficio del desarrollo integral de nuestra provincia de Chiclayo.